14 / 03 / 2021

LOS ZAPATOS DE T´CHALLA

Dado que nos encontramos en una temporada de premios internacionales en materia cinematográfica (Globo de Oro y premios de la Academia), muchos se deshacen en elogios y recomendaciones para la película “La Madre del Blues”, adaptación de la obra teatral homónima de 1982 de August Wilson y que narra un episodio ficticio de la popular cantante de blues Ma Rainey (1886 – 1939) y su banda, durante una tensa sesión de grabación en el Chicago de 1927.
Al mismo tiempo, Netflix, el más difundido servicio de streaming (televisión por internet), sirvió como su plataforma de lanzamiento, luego de un paso fugaz por salas de cine en Estados Unidos en 2020 debido a la pandemia del coronavirus. La estrella Denzel Washington funge de productor y ello le añade mayor atractivo al filme, un duro drama sobre el racismo, oculto tras la fachada de un colorido homenaje a la cantante Ma Rainey. Ello, debido a que suenan solamente dos temas de música blues: Hear Me Talking To You y Deep Moaning Blues.
La película comienza con una floja presentación de los miembros de la banda, pero este defecto se ve corregido cuando irrumpe en el sótano de ensayos el trompetista Levee (Chadwick Boseman), un joven locuaz, arrogante, ambicioso, testarudo y que quiere desarrollar su carrera musical en solitario hasta formar su propia banda. La forma como presume de lucir zapatos elegantes recién comprados ya da una idea de su carácter avezado frente a los demás.
Por su parte, Ma Rainey se encontraba en la cúspide de su carrera, pero también usaba su gran voz, para rebelarse contra el racismo blanco y de ahí su altanería, soberbia y autoritarismo, porque se lo puede permitir y, con cierta crueldad, no tolera ni permite que nadie se ponga por encima de ella, incluso para comprar una Coca Cola helada. Antipática y por momentos insoportable, Ma Rainey aprovechaba su capacidad para romper con toda segregación posible. Viola Davis se luce ejecutando una performance ambigua donde el carácter dominante y presuntamente bisexual de su personaje por su relación con su asistente (Taylour Paige) agrega una carga de corrección política progresista que era innecesario explotar, salvo que fuera para ganar premios, los que sin duda, va a recibir la película.
En cambio, la aplaudida interpretación de Boseman se ajusta a un personaje complejo que va sacando a la luz un pasado doloroso marcado por el racismo, los vejámenes  y la discriminación contra su persona y familia. Ello llega a su clímax cuando discute con otro miembro de la banda tocando el tema de los negros y la religión: llega a maldecir y blasfemar contra Dios responsabilizándolo de su dolor. Su espiritualidad se desvanece debido a la injusticia que sigue sufriendo él y su gente.
En este punto urge hacer una reflexión: está demostrado que nadie es ateo por razones científicas, sino emocionales. Todos experimentamos los golpes de la vida y las injusticias provocadas por otros seres humanos en ejercicio de su libre albedrío. En cada uno está la decisión de canalizar el dolor para la redención o para el rencor. La mejor manera de tratarlo no es limitándose a evitar relaciones tóxicas o malas influencias (además de los respectivos tratamientos psicológicos), sino profundizar en la raíz de esas heridas a la luz de la fe con una actitud estoica, ofreciendo a Dios el dolor experimentado que el propio Cristo carga todos los días en el sacrificio de la cruz, renovado en cada Santa Misa.
Esto es algo incomprensible para una persona sin formación católica o con costumbres mundanas muy arraigadas. De ahí que la paciencia, la comprensión y la oración son fundamentales para tratar con personas con heridas emocionales no sanadas. Por eso, Boseman convence en su papel, demostrando que no se limitaba a interpretar al superhéroe T’Challa en el Universo Cinematográfico Marvel. De hecho, ya había lucido su talento en las películas “42” (2013) y “I feel good” (2014) al interpretar a la leyenda del béisbol Jackie Robinson y al “Padrino del Soul” James Brown respectivamente; personajes que entraron en la historia norteamericana.
El punto más débil de la película se centra en la atmósfera recargada del escenario único donde la trama se desarrolla. Si bien, el empleo de la tecnología UCI para recrear el Chicago de la época es notorio, el empleo de una fotografía con colores fuertes no bastan para generar la sensación de sofocamiento por el calor estival que experimentan los personajes, pues se siente artificial y forzada para un único escenario (el sótano y la sala de grabación del estudio).
De hecho, los diálogos ayudan a entender con mayor realismo la frustración de los personajes principales y la actitud catártica del personaje de Boseman, cuyo organismo da notorias señales de debilitamiento por su cáncer que terminó llevándoselo a los 43 años. Por ello, es predecible que sea nominado póstumamente como mejor actor en los premios Óscar de Hollywood, como ocurrió con Heath Ledger en 2008.
Lo impredecible es el desenlace, aunque absurdo en lo referido a la motivación del trompetista Levee. Su desahogo no justifica la brutal reacción movida por su frustración laboral que experimenta, aunada a la discriminación que debe seguir enfrentando. De todos modos, “La madre del Blues” es una película que, pese a sus limitaciones está hecha para el lucimiento de un actor fallecido prematuramente. Pero es recomendable verla con una visión crítica, por las ideas no sólo antirracistas que denuncia sino por ser un reflejo de la visión política progresista que en el siglo XXI estamos viviendo no necesariamente de manera pacífica y tolerante.

Categoría: Peliculas

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