03 / 08 / 2021

LOS MODALES HACEN A UN HOMBRE

En diciembre del presente año está programado el estreno de “Kingsman: el origen”, aplazado por la pandemia del coronavirus. Es la tercera película que narra las aventuras de la agencia ultra secreta británica camuflada tras la fachada de una sastrería londinense. La película citada es una precuela que explicará los orígenes de esta agencia y, al igual que las dos anteriores, estará dirigida por Matthew Vaughn, aunque no figure ninguno de los protagonistas conocidos como Colin Firth y Taron Egerton. Sin embargo, vamos a centrarnos en la primera película y el por qué de su éxito taquillero y crítico en 2014.

En 2012, Mark Millar y Dave Gibbons, dos dibujantes británicos, publicaron el cómic The Secret Service, en el que un agente secreto recluta y entrena a su sobrino para que haga algo útil con su vida siendo un espía. Con este material, Matthew Vaughn adaptó para el cine, junto a Jane Goldman, el cómic inglés, pero añadiéndole su estilo pop y juvenil que ya dio a conocer en “Kick-Ass” (2010) y “X-Men: Primera generación” (2011), películas con buenos comentarios críticos y resultados en boleterías, pues ambas generaron sus respectivas secuelas.

En el caso de “Kingsman: el servicio secreto”, el protagonista Gary “Eggsy” Unwin pasa de típico chico-problema londinense a agente secreto, gracias a una deuda pendiente que tiene su mentor Harry Hart (Colin Firth) con el padre de Eggsy, quien le salvó la vida cuando Gary era pequeño. El comportamiento actual de este último es fruto de la ausencia paterna y de una existencia vacía y sin sentido que busca ser llenada con fiestas, amigos y pequeños delitos tras dejar atrás su etapa de entrenamiento en la infantería de marina. Pero, como el agente Hart vio potencial en Eggsy, decide reclutarlo y volverlo alguien con una vida útil al servicio de su país. En otras palabras, “cuando el alumno está listo aparecerá el maestro”.

Hasta ahí todo da a entender que es la típica película de espías con mentor y discípulo desarrollando un vínculo peculiar que los embarca a una misión (casi) imposible para salvar al mundo. Sin embargo, la trama da un giro de 180° cuando descubrimos la conexión del villano con una iglesia evangélica en Estados Unidos, presentada como centro de un “grupo de odio”, el cual será el experimento de Richmond Valentine (Samuel L. Jackson), una especie de Steve Jobs que desarrolló una tecnología capaz de manipular a cualquier ser humano que maneje teléfono móvil con conexión a internet, volviéndolo un violento asesino. Aquí vale la pena detenernos.

Valentine es un genio de la informática que padece de sigmatismo y de fobia a la sangre. Pero eso no le impide concretar su plan malthusiano de reducción de la población mundial por considerar a la humanidad como el cáncer de este planeta y la responsable del cambio climático. Y no sólo eso: convence a políticos de países desarrollados, a dueños de poderosas big-tech y a millonarios filántropos para que se integren a la élite que quiere formar Valentine con el fin de hacer “resurgir” al género humano, obviamente más moldeable a sus oscuros intereses.

Con esta motivación, que en la vida real es bastante similar a la que se trabaja para concretar el llamado “Nuevo Orden Mundial”, el guión incorpora un elemento sorpresa al mostrar a un grupo de ricos y poderosos como instrumentos al servicio de un plan diabólico de dominación que haría las delicias de cualquier megalómano dictador, fabricante de armas o dueño de redes sociales que, movido por la ambición, inventa razones para convertir el mundo en su patio de recreo. Es como si un individuo superdotado convirtiera al Club Bilderberg en su brazo derecho para controlar a cada ser humano a su antojo. Para conocer mejor de este apasionante tema recomiendo leer el libro de Daniel Estulin “La verdadera historia del Club Bilderberg”.

Este as bajo la manga del director Matthew Vaughn no funcionaría sin el humor (irreverente por momentos) que dispersa por toda la cinta, especialmente en la secuencia de la matanza colectiva dentro de la iglesia, luego de un mensaje provocador y blasfemo del agente Harry Hart para cualquier persona que profese un credo fundamentalista. De este modo, Colin Firth demuestra que no permanece encasillado en dramas históricos o sentimentales o comedias familiares, sino que tiene garra para ser el “John Wick” del Reino Unido, pero con el refinamiento que lo caracteriza. Sin duda, la brutal secuencia es un verdadero prodigio técnico y narrativo por su ritmo enérgico y veloz.

Mención aparte merece la secuencia final del enfrentamiento entre el nuevo agente Eggsy, alias “Galahad” como una parodia de James Bond: utiliza artefactos sofisticados, corre, pelea, dispara y no se le rompen las gafas, no sangra, ni suda, ni se despeina y encima conquista a una princesa sueca. Si bien la violencia es extrema, tampoco cae en lo grotesco, especialmente en la escena de la explosión masiva de cabezas como fuegos artificiales, a diferencia de la película “Scanners” (1981) de David Cronenberg. El resto del reparto cumple de manera efectiva con sus interpretaciones, especialmente Michael Caine, Sophia Boutella y Mark Strong.

En suma, “Kigsman: el servicio secreto” se posiciona como más que un divertimento dirigido a adolescentes y adultos y demuestra que las películas de agentes secretos en plena era digital y de la globalización tienen para rato. No es igual a la franquicia 007 ni a la de Jason Bourne por su acelerado y colorido estilo pop, el cual está adornado por una excelente banda sonora que incluye temas célebres como “Give it up” de KC and The Sunshine Band y “Pompa y circunstancia” de Edward Elgar. Y no sólo eso: ayuda a recordar la importancia de actuar como caballero, especialmente para sobrevivir. Después de todo, los modales hacen a un hombre.

Categoría: Peliculas

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