Libertad religiosa en el Perú



Escribe: Ricardo Villanueva Meyer Bocanegra



La furibunda reacción de unos cuantos al proyecto de ley que incorpora al Código Penal el delito contra la Libertad Religiosa y de Culto solo podría explicarse en quienes tenían pensado cometer los actos que se ajustan a este nuevo tipo penal y salir indemnes y sin sanción.

El congresista De Belaunde dice, sin sustento, que la existencia de este tipo penal evitaría las denuncias sobre abusos cometidos por sacerdotes en contra de niños o casos similares, llamándolo con malicia la ley Sodalicio. Si leemos el proyecto de ley, en ninguna parte deroga los artículos pertinentes a los delitos contra la libertad sexual, violación, seducción, acoso o el de abuso de posición de dominio ni nada parecido.

Cuando se produzcan estos tipos penales, sin importar si su autor es miembro de alguna religión o no lo es, se procederá conforme la policía, fiscalía y juzgado lo dispongan, esté o no vigente este proyecto de ley.

Este es un proyecto de ley que protege la libertad religiosa y la exteriorización de dicha fe para que sea ejercida en paz, sin ataques, agravios o burlas de quienes no la comparten.

Es un derecho protegido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, por nuestra Constitución Política pero que, últimamente,  está siendo arrinconado por una línea de pensamiento que se impone en todos los ámbitos de nuestra sociedad y que desde la minoría de quienes no profesan ninguna religión, pretenden que la inmensa mayoría de peruanos que sí tenemos una fe arraigada, debamos llevarla en silencio.

Reclamar por el derecho a ejercer la libertad religiosa, el manifestar orgullosamente nuestra fe católica o cualquiera de las confesiones cristianas o de otra raíz está sustentado expresamente en nuestro Derecho, en las normas citadas en el párrafo anterior.

La frase del nuevo artículo propuesto para el Código Penal dice: “El que, sin derecho ataque a otro, mediante ofensas, agravios o insultos a su libertad religiosa…”. Creo que la frase “sin derecho” está de más porque, ¿quién tendría derecho a atacar a otro por dichos motivos?

Este proyecto de ley hace operativo este derecho, no contradice ni un ápice lo dispuesto por la norma superior, la Constitución, y deja incólume el derecho de quien no pertenece a ninguna confesión religiosa a continuar con su vida con todo el laicismo que desee.
Así como nadie tendría derecho a insultar a quien decidió no profesar religión alguna, tampoco quien tenga esa condición debe hacer público su menosprecio a quienes sí tenemos una fe y la expresamos con orgullo.

Siendo realistas, el tipo penal simple de este delito prevé pena privativa de la libertad entre dos y cuatro años y sabemos por la práctica cotidiana que eso no se materializa casi nunca en cárcel efectiva, siempre a criterio del juez, claro.

Las penas más graves de entre cuatro y diez años se dan cuando hay violencia, cuando se pone en riesgo la vida y la salud del agraviado, cuando éste es menor de edad o cuando el móvil sea cambiar la fe del agraviado con algo distinto a la propia argumentación.

El texto del proyecto sanciona también, como notamos, a quien es agente o miembro de una confesión y que pretenda obligar mediante violencia a otro, a incorporarse a su religión, es decir, protege también a quien no profesa ninguna fe y quiere mantenerse en esa condición y a quien es miembro de otra confesión y quiere continuar siendo parte de esta.
Difícil estar en contra de proscribir conductas violentas, máxime si se protege en grado máximo a los menores de edad.

También es un tipo agravado la destrucción de parroquia, iglesia, santuario, ermita, cualquier lugar para rendir culto o práctica religiosa y se entiende porque el daño no solo debe cuantificarse en su parte material sino también en parte moral, la profunda desazón que se causaría a los fieles de aquel lugar que también debe tomarse en cuenta a la hora de considerar una pena.

Respetos guardan respetos reza un viejo dicho y es algo que está faltando últimamente en la convivencia entre los peruanos donde un grupito se ha apoderado de lo que es políticamente correcto, de la decencia y la moral y opinar en contra de dicha línea de pensamiento es motivo de oprobio e insultos de su parte y de la mayoría de medios de comunicación que se adhieren a esta corriente.

La libertad de conciencia y de profesar una religión exige una actitud de respeto de parte de los demás, de quienes tienen otra confesión o de quienes no tienen ninguna. Evitar actos de provocación es una manera de materializar ese respeto.

El que un colectivo gay use el atrio de la Catedral de Lima para besarse apasionada y teatralmente es claramente una actitud provocadora que se burla del pensamiento y visión moral de quienes son parte de la Iglesia Católica.

Sería igual si un grupo de cristianos decide organizar una chicharronada en la puerta de una sinagoga para comer cerdo, burlándose de algo que para esa comunidad es prohibición que acatan con convicción.

El estado peruano no tiene una religión oficial pero sí guarda una especial calidad de colaboración con la Iglesia Católica que puede extenderse a otras confesiones con lo que no se cierra la puerta a ampliar este espectro de mutuo respeto y ayuda.

La visita del Papa Francisco a nuestro país ha revelado cuán católico es el pueblo peruano, haciéndose evidentes los valores que nos guían como nación, como sociedad. Esos días fueron  de verdadera fiesta y hermandad entre los peruanos, ¿por qué no protegernos de cualquier intento de menoscabar esa orgullosa manifestación de nuestra fe?

No es posible que la exteriorización de nuestra fe pretenda ser puesta en retroceso porque es motivo de orgullo e integración, algo que nos hace hermanos.

Esta pequeña grita de quienes se oponen a este proyecto de ley me recuerda a la de los taxistas y choferes de combi que protestan porque suben las multas a quienes se pasen la luz roja o marchen contra el tráfico. Si yo no voy a cometer nunca esas infracciones, ¿por qué tendría que importarme si las sanciones suben?

Entonces, si yo nunca voy a insultar ni a burlarme de la religiosidad de mis conciudadanos ni de sus manifestaciones públicas, ¿por qué me tendría que afectar que se sancione a quienes sí lo hacen?

Para reflexionar, en pleno siglo XXI, lo que debe primar es el respeto entre creyentes y no creyentes. Felicitémonos que ni la ciencia, ni el conocimiento, ni la mejora en las condiciones de vida de los peruanos, ni el pragmatismo, ni la globalización que todo lo mide y pretende uniformizar con valores que nos son ajenos, hayan logrado bajar un ápice la religiosidad del pueblo peruano.

Con tecnología de Blogger.
.