LA HIPOCRESÍA DE LA CORRUPCIÓN



Escribe: Alfredo Gildemeister Ruiz  Huidobro │

Aquella mañana del 3 de junio de 2013, la capilla de Santa Marta en la Ciudad del Vaticano estaba llena de gente hasta la última banca, como suele estar todas las mañanas a las 7am. hora en que el Papa Francisco celebra la Santa Misa. Asisten como invitados todo tipo de personas, desde las mas humildes hasta personalidades políticas, eclesiásticas, laicos, etc. Esa mañana Francisco se siente un poco fastidiado, como indignado por la situación actual. Como Papa está decidido tocar un tema delicado y sumamente importante. En su homilía de esa mañana, Francisco comienza criticando a los “cristianos de salón… esos educados, todo bien”. Critica a esos cristianos sin fervor apostólico, sin coraje de dar fastidio a “las cosas que están demasiado tranquilas en la Iglesia”. Y es en esos momentos en donde critica de forma durísima a los corruptos, a los cuales distingue de los pecadores y a quienes define como “el anticristo”. “¡Pecadores sí, corruptos no!” exclama. No quiere detenerse en los pecadores puesto que todos lo somos. Cabe mencionar que, sobre el tema de la corrupción, Bergoglio ya había escrito un pequeño libro publicado en el 2005 titulado “Corrupción y pecado”. De allí que el tema no es nuevo para él. Comentando el Evangelio sobre los malos vendimiadores, el Papa hace una descripción a fondo de lo que son los corruptos: “Eran pecadores como nosotros, pero dieron un paso adelante, como si se hubieren consolidado en el pecado: ¡No necesitan a Dios! Pero eso es lo que parece, porque en su código genético existe esta relación con Dios. Y como esto no pueden negarlo, hacen un dios especial: ellos mismos son dios, son los corruptos”. Dos días mas tarde, en la Misa del 5 de junio vuelve a tocar el tema y sentencia una verdad muy cierta: “la hipocresía es el lenguaje de la corrupción”.

Cuatro años y medio más tarde, en el atardecer de un viernes 19 de enero de 2018, Francisco se encuentra en el patio del Palacio de Gobierno en el Perú, en la plaza de Armas de Lima. Llegó al Palacio con toda humildad en su pequeño auto Fiat de color azul marino oscuro. Una vez que se bajó del auto caminó tranquilo sobre la alfombra roja hacia el lugar en donde distinguió a lo lejos un par de sillas y luego al presidente de la República, Pedro Pablo Kuczynski, esperándolo de pie. Pudo apreciar a ambos lados del patio, sendas tribunas toldadas llenas de personalidades y miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático, congresistas, empresarios, así como diversas autoridades y representantes en general de la sociedad civil. El calor de esa tarde era muy fuerte, el sol brillaba en todo su esplendor, caía a plomo y cosa curiosa, quizás una tontería, se percató que el lugar donde el presidente y él estarían, no estaba toldado. Rogó para que el sol le permitiera leer bien su discurso. Luego de los saludos correspondientes y de las palabras de bienvenida del presidente, Francisco se puso de pie, se colocó las gafas que sacó de su bolsillo con toda naturalidad y se preparó para leer su discurso.

Comenzó agradeciendo la invitación de venir al Perú y a hablar de la esperanza. Luego fue calentando motores poco a poco, entrando en temas delicados como el de la Amazonía y la degradación ambiental, así como de la trata de personas, el trabajo informal y la delincuencia. Hasta allí todo iba bien hasta que el discurso llegó al tema que nadie pensó que tocaría Francisco a bocajarro: la corrupción. “Trabajar unidos para defender la esperanza exige estar muy atentos a esa otra forma —muchas veces sutil— de degradación ambiental que contamina progresivamente todo el entramado vital: la corrupción. Cuánto mal le hace a nuestros pueblos latinoamericanos y a las democracias de este bendito continente ese ‘virus’ social, un fenómeno que lo infecta todo, siendo los pobres y la madre tierra los más perjudicados”. Fue en esos momentos que el presidente se removió en su cómodo asiento y miró a otro lado. Algunos congresistas se rascaron la cabeza o la barbilla y miraron sus celulares. Otros funcionarios y autoridades miraron al Papa fijamente casi con cierta rabia y como extrañados de por qué diantres tocaba ese tema. ¡A qué corrupción se refería! ¡Vaya majadería del Santo Padre! ¡Que desatino en un invitado tocar un tema así ante tan augusta audiencia!

Pero Francisco no se detuvo ni se amilanó. Hizo una pausa, miró seriamente a su auditorio y continuó poniendo el dedo en la llaga: “Lo que se haga para luchar contra este flagelo social merece la mayor de las ponderaciones y ayuda… y esta lucha nos compromete a todos. ‘Unidos para defender la esperanza’, implica mayor cultura de la transparencia entre entidades públicas, sector privado y sociedad civil. Y no excluyo a las organizaciones eclesiásticas. Nadie puede resultar ajeno a este proceso; la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos”. Nuevamente Francisco hace pausa y mira a las autoridades oyentes, como para que “digieran” bien sus palabras. La corrupción exige compromiso. No sean hipócritas. La hipocresía es el lenguaje de la corrupción. Y continúa hundiendo el dedo en la llaga podrida: “A quienes ocupan algún cargo de responsabilidad, sea en el área que sea, los animo y exhorto a empeñarse en este sentido para brindarle a su pueblo y a su tierra, la seguridad que nace de sentir que el Perú es un espacio de esperanza y oportunidad… pero para todos, no para unos pocos; para que todo peruano, toda peruana pueda sentir que este país es suyo, no de otro, en el que puede establecer relaciones de fraternidad y equidad con su prójimo y ayudar al otro cuando lo necesita; una tierra en la que pueda hacer realidad su propio futuro. Y así forjar un Perú que tenga espacio para ´todas las sangres’, en el que pueda realizarse ‘la promesa de la vida peruana’”.

Termina su discurso en medio de unos educados aplausos. Saluda nuevamente al presidente y se despide con una sonrisa. Al que le caiga el guante que se lo chante. A buen entendedor pocas palabras. Como dice el Evangelio: “Quien tenga oídos para oír, que oiga”. Se retiran las autoridades y funcionarios invitados, con el rostro meditabundo y como aún extrañados por lo que acaban de escuchar. Francisco finamente les ha llamado como Cristo a los fariseos: hipócritas, raza de víboras, sepulcros blanqueados. Esa noche algunos no dormirán; otros se quedarán pensando en las palabras de Francisco; y, por último, muchos dormirán plácidamente. Es el sueño de los corruptos, el sueño de los hipócritas e indiferentes. Pero no olvidaran que Francisco como Cristo, llama a las cosas por su nombre

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