El Papa desea promover un "despertar" en las universidades católicas bajo una recta mirada sobre la Doctrina Social


Deberían convertirse en centros de propulsión para que se pueda dar el «cambio de paradigma», el «nuevo modelo de desarrollo» que el Pontífice, en sintonía con el ignorado magisterio social de sus predecesores, sigue pidiendo

(Vatican Insider │ RÉ)

La constitución apostólica “Veritatis gaudium” no representa (o no solamente representa) la actualización indispensable de las normas técnicas sobre los curricula de estudios o las maestrías en los Ateneos católicos y de las facultades eclesiásticas. El proemio del documento firmado por Francisco contiene, de hecho, una indicación que se espera no pase inobservada y que no quede sin ser aplicada.  
  
El Papa, efectivamente, llegó a definir una «revolución cultural» la que se espera de las instituciones académicas católicas, desgraciadamente a menudo adormiladas. El sistema educativo universitario y post-universitario vinculado con la Iglesia católica debería convertirse, escribe Bergoglio, en un «providencial laboratorio cultural» para leer e interpretar una realidad en rápido movimiento como la del presente. 
  
La crisis antropológica (con la pérdida del sentido de la sacralidad de la vida, la manipulación genética, la inteligencia artificial que podría peligrosamente sustituir el trabajo humano, el resurgimiento de la xenofobia y del racismo, una economía y una finanza que ya guían la política, en lugar de ser guiadas por ella, y que solamente pretenden la acumulación de riquezas) se relaciona con la grave crisis ambiental que está viviendo el planeta. Los fenómenos migratorios y las numerosas guerras (la «tercera guerra mundial en pedacitos», como la llama el Papa) están conectados con las dos crisis antes mencionadas. El mérito de la encíclica social “Caritas in veritate” de Benedicto XVI fue el de incluir entre las emergencias sociales la crisis ética, superando, pues, la división entre cristianos “comprometidos con lo social” y cristianos “de la defensa de la vida”. El mérito de la encíclica social “Laudato si’” de Francisco es haber puesto en evidencia la interdependencia, las estrechas conexiones entre la crisis antropológica y la crisis ambiental. 
  
Desde que comenzó su Pontificado, siguiendo los pasos de sus predecesores, cuyo magisterio social fue culpable y a veces interesadamente ignorado por el mismo mundo católico, el Papa Francisco ha apuntado el dedo contra una «economía que mata», poniendo en discusión el paradigma actual del desarrollo. Ese modelo capitalista y liberal solo de nombre sigue siendo considerado dogmáticamente intocable por la crema y nata de los economistas y hombres de finanzas del mundo católico, incapaces de reconocer en algunas de sus propagandas esas «estructuras de pecado» a las que se refería la encíclica “Sollicitudo Rei Socialis” de Juan Pablo II. 
  
Desde hace ya cinco años, el actual Sucesor de Pedro, volviendo a llamar la atención sobre páginas memorables y determinantes del magisterio social de la Iglesia (por ejemplo la profética encíclica “Quadragesimo anno” promulgada por Pío XI –Papa que nadie acusaría de tener simpatías marxistas– tras la crisis de Wall Street, en la quei lustra claramente la crisis que vivimos llegando a hablar del «imperialismo internacional del dinero»), sigue pidiendo simplemente que el actual sistema sea revisado porque ya no es sostenible y, seguramente, podría llevar al mundo hacia el abismo. 
  
Es por ello que ahora el Papa Francisco da una responsabilidad nueva a los Ateneos católicos, de los cuales, a decir verdad, se habría esperado desde hace tiempo mayor capacidad en las relaciones, para hacer proyectos, para trabajar concretamente con tal de encontrar respuestas útiles a todos para interpretar y gobernar los cambios que se están llevando a cabo y evitar que se vuelvan contra el hombre, contra la vida, contra el trabajo, contra la construcción de una sociedad más humana y justa. 
  
«El problema –escribe Francisco– es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos. Esta enorme e impostergable tarea requiere, en el ámbito cultural de la formación académica y de la investigación científica, el compromiso generoso y convergente que lleve hacia un cambio radical de paradigma, más aún (me atrevo a decir) hacia “una valiente revolución cultural”». 
  
Y no lo dice solo por decirlo. Ya el hecho de que se sienta en la necesidad de espolear de esta manera al mundo académico vinculado con la Iglesia demuestra que en muchos casos las Universidades y centros de investigación han faltado a su más auténtica labor. Incluso ateneos con historias ilustres se han adormilado en sus laureles para conducir una vida en quietud: investigadores y profesores han llegado a demostrarse más interesados en las asesorías y en no molestar a nadie, en lugar de elaborar ideas y proyectos para el futuro. No es el momento de buscar responsabilidades para este desierto que a veces caracteriza a instituciones que ya no son capaces de hacer que viva nuevamente su glorioso pasado. Lo cierto es que las responsabilidades no son completamente de los Ateneos, que corren el peligro, aunque sean católicos, de conformarse a los vicios que caracterizan en general el mundo universitario: lobbies, barones, carreras que avanzan más por pertenencia que por los méritos.  
  
Habría que volver a dar vida a ese círculo virtuoso que, por ejemplo en Italia, durante la época del fascismo, llevó a toda una generación de jóvenes estudiosos, laicos católicos, que orbitaban alrededor de la Federación Universitaria de Católicos Italianos (FUCI) y de la Universidad Católica, a pensar en el futuro del país, imaginando reformas institucionales, económicas y el desarrollo del estado social. Laicos que sabían arriesgarse, acompañados por guías excepcionales, como Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, el Papa de la “Populorum progressio” y de la “Evangelii nuntiandi”. 
  
  
Las palabras de Francisco sobre la “revolución cultural” representan, pues, un despertador para un mundo que debería ser la vanguardia del pensamiento del proyecto para traducir en propuestas concretas el patrimonio de la Doctrina social. Un mundo, el e las universidades católicas, llamado a saber leer lo que se mueve desde abajo en nuestras sociedades, para elaborare indicar posibles salidas a la crisis. Y precisamente para ello el Papa se encomienda al Sistema educativo superior católico, que representa una extraordinaria posibilidad incluso para el testimonio misionero de la Iglesia. 

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