Salazar Bondy sobre Lima en 1961


Articulo de Sebastián Salazar Bondy publicado en el diario la Prensa de Lima de 1961 │ LIMA │
Un 6 de enero, cargado con los hierros del capitán conquistador, Pizarro puso los ojos en este valle que el Rímac, rumoroso y estevado, bañaba. Esa mirada –y la decisión que significaba– fueron así historia. Por una de esas coincidencias que suele el destino deparar, allí, a la orilla del escaso río, estaba el oráculo que predijera la destrucción del imperio, precisamente en el lugar en donde había de nacer la capital de la nueva nación. La pupila del guerrero, antes de la ceremonia misma, antes de las actas y de las firmas de notarios y testigos, fundó la ciudad. Quizá sí, al conjuro de un vertiginoso sueño, vio el trujillano el futuro de la ciudad que, al pie de la murmurante corriente, habría de surgir. Entre los nubarrones de su visión, entre la penumbra de su videncia, es probable que aquel aventurero extremeño presintiera el destino del caserío de barro. Se trataba apenas de un deseo, de un acto de voluntad, de una ansiedad secreta. El hombre miraba desde una altura la tierra apenas verdecida, y distinguía a lo lejos el mar abrazado por dos salientes de la bahía. Atrás, la presencia de los Andes, la dura cordillera, las cimas que había desafiado y vencido, eran como el testimonio de un esfuerzo que aquella breve vega convertía en una página heroica. La ciudad ya estaba allí, en las imágenes que el vencedor animaba sobre la soledad de la pequeña campiña.
Era del Día de Reyes, la fecha en que se celebraba la visita de los magos al recién nacido. Posiblemente los trabajos de la organización, la complicada obra de transformar el alma del viejo pueblo nativo en otra alma, habían entrado en un reposo temporal. Los guerreros holgaban y su jefe presidía aquella paz, vigilante, sin embargo, de cualquier peligro. El Nuevo Mundo, el paraíso perdido y recuperado, lentamente adquiría la faz del universo conocido. La cruz en el topo de las iglesias hablaba de la nueva fe y las campanas eran las voces que convocaban a los hombres en torno al altar del sacrificio. Cada ciudad que surgía era un matiz más del orbe descubierto en el camino hacia el confín de la tierra. Y en ese Día de Reyes, día de adoración y regocijo, día en que los hombres de todas las razas se hincaran ante el príncipe divino, el soldado puso los ojos en el estrecho valle a que daba origen el río locuaz que predecía el futuro.
Así nació la ciudad. No importa que el acto de la fundación se realizara días después. Lo válido era ese movimiento de simpatía que fecundaba en silencio la villa que hoy vemos rebasar tempestuosa los límites del ejido primitivo. Esta nota celebra ese deseo, lo que ese deseo entrañaba, cuando un 6 de enero, hace más de cuatro siglos, cargado con los hierros del capitán conquistador, Pizarro soñó la vida en las riberas del precario Rímac.
Diario la Prensa de Lima, 1961
recopilación: La Ciudad como utopía, A. Susti, Universidad de Lima, 

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