Verdad y justicia, dos conceptos con capítulo propio en la filosofía


Escribe: Vicente Casas Durand S.I.* │

Con la verdad y la justicia es imposible improvisar. La propuesta de crear una comisión de la verdad que, escuchando a todas las partes, contribuya a poner fin al conflicto armado en Colombia ha despertado muchas preguntas e inquietudes. ¿Cómo habrá de incidir la verdad en los procesos judiciales que se llevan –o se podrían llevar a cabo– en un país tan históricamente violento como Colombia? ¿Cuánta verdad se requiere –o se soporta– para hacer posible la reconciliación?

Verdad y justicia son dos conceptos con capítulo propio en la historia de la filosofía. Desde hace cerca de 2.500 años, los filósofos que se formaron a la sombra de Atenas se vienen preguntando cómo entender ideas tan complejas como verdad y justicia, si entre ambas existe una relación, y qué tipo de relación: ¿están coordinadas, articuladas, o subordinadas? ¿Son independientes? ¿Están llamadas a colaborar, o han de reñir entre sí?
Hay filósofos –antiguos, modernos y contemporáneos– que piensan que verdad y justicia son conceptos inseparables, que se requieren mutuamente, de modo que donde no esté uno tampoco podría estar el otro.
Para Platón, por ejemplo, ambos conceptos forman parte de la idea de lo bueno, de esta idea reciben legitimidad, consistencia, validez, e incluso belleza. Por eso intentar desvincular o alejar un concepto respecto del otro inevitablemente conduce a desaciertos y equivocaciones teóricas y prácticas, esto es, políticas.
También Hegel, muchos siglos después, pensaba que la unidad entre verdad y justicia se alcanza a través de lo que él llamó espíritu absoluto, el único capaz de lograr, mediante la filosofía, la religión, la estética y el Estado, la síntesis de todas las contradicciones, que son el motor de la historia.
Por más atractivas que resulten estas ideas unitarias, para el mundo en el que vivimos no dejan de ser peligrosamente autoritarias.
¿Quién, si no un indagador incansable de la verdad –esto es, un filósofo– podría gobernar la polis? Dicen que Platón, ya viejo y un tanto desilusionado, fue abandonando la doctrina del rey filósofo y fue acercándose cada vez más al concepto ateniense de democracia, que acabaría siendo reivindicado por Aristóteles, su discípulo más ilustre. En todo caso no podemos olvidar que Karl Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, no duda en señalar a los defensores de estas ideas (Platón, Hegel y Marx) como tristes patrocinadores filosóficos del autoritarismo y enemigos declarados de la democracia liberal.
El hecho es que cualquier forma de organización política que se crea poseedora de la verdad sobre la naturaleza, el ser humano y el sentido de la historia –como la Unión Soviética o el Tercer Reich–, e intente vincular esa verdad con formas estructuradas de justicia, o va de camino hacia el autoritarismo o se encuentra en medio de él, pisoteando los derechos y la dignidad de la persona humana. Nunca los Estados que se declaran poseedores de la verdad han hecho felices a la gente que ha vivido en ellos.
Quizás haya sido Aristóteles el primero en desarrollar una teoría de la justicia que puede ser considerada consistente conceptualmente y al mismo tiempo independiente de una teoría de la verdad. Tal fue su empeño en el Libro 'V de la Ética a Nicómaco', donde el concepto de justicia es sometido a un análisis riguroso que, en principio, no depende de su propia doctrina metafísica.
Si Platón es considerado el padre del idealismo, Aristóteles debe serlo del realismo. Para él, la verdad no procede de las ideas, está en las cosas y en los hechos, y nosotros de algún modo lo que hacemos es extraerla y formularla en juicios organizados, que llamamos ciencias.
La justicia, por su parte, es siempre relativa a sus circunstancias, de ellas depende, y no de la idea de lo justo o lo bueno en sí mismo. Los juicios sobre lo justo y lo injusto son obtenidos a partir de las situaciones en las que estos se hacen necesarios, y en ese sentido podríamos decir que la justicia es la respuesta del hombre prudente en medio de los conflictos en los que continua e inevitablemente habrá de encontrarse.
Por diversas razones que no es del caso aquí considerar, el pensamiento filosófico y político de Aristóteles solo fue redescubierto muchos siglos después, y para sus más cercanos contemporáneos este no tuvo mucho impacto.
Y es que, mucho antes de los filósofos griegos, los autores de los libros sagrados en torno a Jerusalén también se habían ocupado de cómo Dios pueda ser, a la vez, fuente de verdad y de justicia. “Justicia y verdad son las obras de sus manos, todos sus preceptos merecen confianza”, dice el Salmo 110. A partir de la doctrina de Jesús de Nazaret, el cristianismo añadió a la justicia la misericordia, como la actitud fundamental de Dios hacia los hombres: “Sed misericordiosos como vuestra Padre es misericordioso” (Lucas 6,36).
De esa forma termina de configurarse el conjunto de representaciones mentales, filosóficas y teológicas con las que hoy, en Colombia, nos seguimos preguntando por la razón de ser de una comisión de la verdad en medio del conflicto armado.
Con la idea de que Dios es infinitamente sabio, infinitamente justo e infinitamente poderoso, el cristianismo occidental no solo reforzó y desarrolló la idea de que verdad y justicia se requieren mutuamente, sino que Dios –el Padre misericordioso revelado en Jesucristo– pasó a ser el garante metafísico y también el responsable último y definitivo de dicha unidad; todo ello, por supuesto, con matices.
Tomás de Aquino, por ejemplo, concibe el carácter correlativo de verdad y justicia, ya que el ser humano, como criatura racional que es, tiene acceso a conocer, con verdad, la justicia.
Durante muchos siglos el poder político de la Iglesia se justificó en la misión tanto de enseñar la verdad como de impartir justicia, y ambas tareas eran realizadas en nombre de Dios. Ningún juicio de la justicia humana podía contradecir la verdad divina, de la cual aquella aspiraba a ser, al menos, un pálido reflejo. La Ilustración intentó modificar esto, con un resultado no muy alentador: la hoguera de la Inquisición fue reemplazada por la guillotina, lo cual hizo evidente que la política no es la mediadora ideal entre verdad y justicia.
Pero es un hecho que con el surgimiento de la modernidad muchas cosas empezaron a cambiar. En ello influyeron de manera lenta pero decisiva la configuración de los Estados nacionales europeos, el desarrollo del conocimiento científico, la apertura a la diversidad a través del comercio, la irrupción de América en la geopolítica mundial y la Reforma Protestante. Todo ello fue conduciendo a que la unidad entre verdad y justicia comenzara a resquebrajarse.
La tendencia dominante en la filosofía moderna consiste en distinguir y separar el ámbito de la verdad del de la justicia, no porque alguno de estos conceptos haya perdido significado o relevancia social, sino precisamente por la enorme importancia que tanto el uno como el otro, si bien de un modo independiente, habían conquistado. La ciencia y la política celebraban por igual su independencia de la metafísica. La física, con Newton, mostró innegables avances y progresos gracias a la formulación de leyes universales y necesarias, y con ello la ciencia experimental consideraba haber alcanzado su mayoría de edad. Verdad, en todo caso, equivalía a verdad demostrable científica o experimentalmente.
Por su parte, la política se afirmaba como una actividad que poseía un dinamismo propio que no podía ser controlado desde fuera. Las relaciones entre ética, política y metafísica cambiaron sustancialmente. La justicia divina iba quedando aplazada para el más allá y su lugar fue ocupado por los derechos humanos, el derecho positivo y la democracia.
Para Hume, por ejemplo, la verdad procede de la forma en que repetidamente resultamos siendo afectados por impresiones sensibles. Tanto es así que, de tanto ver que el sol sale cada mañana por el oriente, decimos que ha de salir también mañana, de modo que la verdad de este juicio, que poco tiene que ver con la metafísica, es obtenida por mera inducción.
Las verdades de la ciencia son algo así como el poder de la costumbre agudizado por la observación y la medición cuidadosa. También los conceptos morales, como el de justicia, proceden de la experiencia y no de la razón. El fundamento de nuestros juicios morales está exclusivamente en los sentimientos, de modo que cuando decimos que algo es bueno o justo, lejos de querer decir algo que pueda ser verdadero o falso, lo único que en realidad hacemos es decir que se lo recomendamos a otros. Desde esta perspectiva es claro que verdad y justicia van de la mano, pero carecen de cualquier valor o significado universal.
Kant sostiene la posición contraria. Para él, la verdad de la ciencia moderna se fundamenta y legitima tanto en la experiencia sensible como en elementos a priori de la sensibilidad y del entendimiento, y eso explica las legítimas pretensiones de universalidad que la caracterizan. Pero quizás su mayor grandeza consista en haber comprendido que la ética, y con ella los derechos humanos y la justicia, si bien no se fundamentan en experiencia alguna, no por ello son menos racionales que la ciencias naturales. Se desarrollan con base en la razón, pero autónomamente respecto de la verdad científica. La razón humana es una sola, pero tiene un uso teórico y otro moral. Para Kant, la verdad y la justicia transitan caminos diferentes, caminos que quizás en este mundo nunca se cruzan, pero que han sido allanados por una misma razón que es capaz, a la vez, de conocer y transformar el mundo y de generar valor moral en él.
Verdad y justicia, para Kant, si bien obedecen a leyes diferentes, pueden ser articuladas en un proyecto de sociedad que garantice, a la vez, la autonomía del conocimiento y de la verdad, y la dignidad la persona humana.
El pensamiento filosófico contemporáneo hereda la diversidad de perspectivas que nos llegan desde la modernidad.
Existe la mal llamada posmodernidad (que a nuestro juicio no es más que un reflejo de la gran diversidad de modos de asumir, alargar o postergar la modernidad), según la cual preguntar por la unidad de algo desentona en épocas de dispersiones, y preguntar por la relación entre verdad y justicia evoca más bien la pesada solidez de metarrelatos que precisamente han de ser deconstruidos.
Pero hay también filósofos actuales más optimistas, como el norteamericano John Rawls, quien definitivamente valida y resignifica la pregunta por la relación entre verdad y justicia desde una perspectiva contractualista. Al comienzo de su Teoría de la justicia, afirma Rawls: “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento”. Y añade: “(...) lo único que nos permite tolerar una teoría errónea es la falta de una mejor; análogamente, una injusticia solo es tolerable cuando es necesaria para evitar una injusticia aún mayor”. Y concluye: “Siendo las primeras virtudes de la actividad humana, la verdad y la justicia no pueden estar sujetas a transacciones (are uncompromising)”.
Afirmar hoy que ni la verdad ni la justicia pueden estar sujetas a transacciones es políticamente temerario y culturalmente arriesgado. Pero es filosóficamente necesario. Cuando todo puede ser y está siendo objeto de transacciones, los filósofos levantan su voz para poner límites. Es mucho lo que está en juego. Lo dice uno de nuestros contemporáneos más lúcidos, y vale la pena repetirlo: “(...) lo único que nos permite tolerar una teoría errónea es la falta de una mejor (...) una injusticia solo es tolerable cuando es necesaria para evitar una injusticia aún mayor”.

* Departamento de Filosofía Pontificia Universidad Javeriana
(Fuente: El Tiempo - Colombia)

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