17 / 05 / 2021

11 DE ABRIL: CRÓNICA DE UN MIEMBRO DE MESA EN LA PRIMERA VUELTA

La jornada electoral que vivimos hace unas semanas será materia de análisis por mucho tiempo. No solo debido a los resultados -que algunos siguen lamentando- sino porque esta se realizó en medio de la peor crisis sanitaria de la historia, lo cual demandó un reto impensado para las autoridades electorales. Esta es la historia de alguien que, sin buscarlo, presenció todo de primera mano.

No era mi intención ser miembro de mesa aquel domingo 11 de abril. Es más, antes de acercarme al local de votación, imploré que mi mesa ya estuviera instalada y lista, que solo fuera cuestión de unos minutos para regresar a casa. Por cuestiones que solo Dios entenderá y ante la ausencia de los miembros titulares, me invitaron a quedarme y participar, de primera mano, del proceso electoral.

Acepté sin mayores problemas. En el fondo, tampoco me disgustaba la idea. Sabía que muy pocas personas aceptarían esa invitación y preferí ofrecerme a que alguna persona vulnerable tuviera que asumir ese rol. Además, habían unas 100 personas afuera del local de votación y daba lástima que estén bajo el sol tanto tiempo sin poder votar porque su mesa no estaba instalada..

La encargada de la ONPE me recibió con mucho entusiasmo, casi al borde de las lágrimas. No me lo dijo, pero yo asumí que, incluso siendo las diez de la mañana, ya estaba al borde del colapso nervioso por lo complejo que se asomaba el panorama afuera del local. “Solo prométame que no volveré a mi casa a medianoche”, manifesté para amenizar la situación. “No joven, no se preocupe”, respondió confiada.

Sin embargo, aún faltaban otros dos miembros para poder completar la mesa. “Si hemos sufrido para encontrarlo a usted, imagine para encontrar a dos más”, me comentó otro trabajador de la ONPE. No se lo quise decir, porque pensé que podría entristecerse, pero me sorprendió la poca capacidad de algunos jóvenes para hacer un sacrificio por solo un día en beneficio de los demás.

Después de casi media hora, llegaron quienes serían mis compañeras por ese día. Una de ellas era más joven que yo, no tendría más de veinte años, estudiaba psicología y tenía mucho carisma para hablar. Me contó que esta era la segunda vez que votaba y que, a diferencia de lo que se podría pensar, sí le hacía ilusión ser miembro de mesa. Para ella, se trataba de una oportunidad que solo tendría una vez en la vida.

Nuestra otra compañera era, para mi sorpresa, una mujer de unos cincuenta años. Le comenté que me asombraba mucho que se haya ofrecido, que hubiera sido ideal que alguien más joven sea elegido. “Los chicos de la ONPE ya están desesperados, me duele verlos así, pienso que podrían ser mis hijos y por eso me ofrecí, para que ya estén más tranquilos”, me dijo.

Mis dos compañeras me dejaron una buena impresión por su sacrificio y ganas de ayudar a los demás. No era una cuestión de edades, sino de servicio y de voluntad. Rápidamente, comenzamos todo el proceso de instalación de la mesa, me dolía la mano de tanto firmar las actas, pero sabíamos que teníamos que apurarnos.

Cuando terminamos, un joven militar se nos acercó para indicarnos que procedería a permitir el ingreso a la mesa de votación. “Por favor, los adultos mayores primero”, pidió imperante mi compañera. “A la orden”, le contestó.

Si algo me conmovió ese día, más que los resultados, fue ver a tantas personas mayores votar, a pesar de las circunstancias ya conocidas. Algunos venían solos, otros acompañados por sus nietos, otros en silla de ruedas, pero siempre con una sonrisa en sus rostros. “Si me quitan el voto, me quitan lo último que tengo”, nos dijo un señor de 90 años. Él nos comentó que sus hijos no querían que fuera a votar y que se escapó de su casa para ir a la votación.

Cerca del mediodía, una señora se acercó a votar muy nerviosa, confesó que temía mucho por el país y por los resultados. Tratamos de tranquilizarla, diciéndole que todo estaría bien y que no tenía por qué angustiarse. Tras marcar su cartilla dejó su voto en el ánfora mientras se hacía la señal de la cruz reiteradas veces. “Lo peor es que todos tenemos motivos para estar así”, comentó mi compañera.

Conforme se llenaba el ánfora de nuestra mesa, la angustia aumentaba. Las personas seguían llegando hasta casi las seis de la tarde. La mayoría solo entraba y salía en menos de un minuto. Algunos se quedaban para conversar con nosotros. Les daba gusto que hubiésemos sacrificado nuestro domingo para ayudar a que el proceso se lleve a cabo. La verdad es que estaba siendo un gusto poder hacerlo, tanto así que las horas se pasaron rápido y hasta olvidé que no habíamos almorzado.

Exactamente a las siete de la noche, cerramos la mesa de votación. A esa misma hora, en un canal de televisión, se emitieron los resultados a boca de urna. “Joven, ¿ganó el profesor?”, me preguntó la señora que estaba a mi costado. “Efectivamente, aunque parece que el segundo lugar va a estar disputado”, respondí.

Más allá de los resultados, nosotros debíamos cumplir con nuestra labor de contar todos los votos de nuestra ánfora. “Ahora contar voto por voto puede definir muchas cosas”, señalé. En nuestra mesa solo hubo un voto para Pedro Castillo, casi todos los votos presidenciales fueron para candidatos de la derecha. Curiosidad casi prescindible, pero curiosidad, a fin de cuentas.

Al término de la jornada, me di con la sorpresa de que era casi medianoche, me pareció increíble lo rápido que pasó todo, pero aun así no dejaba de intrigarme por todo lo que aquella jornada podría traer consigo en los siguientes días. Me despedí de mis dos compañeras de mesa y me dirigí a la salida. “Señorita, al parecer mi predicción se cumplió, fíjese la hora en la que nos vamos”, le comenté sonriendo a la encargada de la ONPE, quien me hizo una seña de agradecimiento por toda la labor de ese día.

Por más complejo que parezca el panorama, ese día me llevé una gran lección: la democracia es más que un proceso electoral cada cinco años. La democracia es un hecho viviente que se refleja en nuestras acciones cotidianas al servicio de los demás. Vive en los jóvenes que se sacrifican para ayudar a sus mayores, colocando sus fuerzas al servicio de la gente. Vive en los ancianos quienes, a pesar de la edad, continúan participando en sociedad a través de su voto, transmitiendo que aún tienen mucho que decir. Vive en los servidores públicos, que atraviesan muchas penurias para llevar a cabo su labor. Vive en las personas que temen y se angustian por lo que puede suceder con el país, y que vencen sus temores para mirar hacia adelante. Vive en todos los que buscamos y luchamos por un Perú mejor.

Categoría: Política

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Aldo Santome

Abogado por la PUCP. Adjunto de docencia en la Facultad de Derecho PUCP